| películas | crónica | festivales | premios | textos |

EVACUACIÓN BISUTERA DEL FISTRO DUODENAL

 

Juro y perjuro que el día que el director de esta insigne e internettual revista cinematográfica acicaló mi rubicundo y pre-apolíneo cráneo con la corona de laurel que me consagraba, desde ese momento, como modesto colaborador de su sapientísimo magazine, sección cine español de mis entretelas, me puse más contento que Pinocho con un movil-extintor; las carnes se me abrían como el morro de Penélope en el anuncio de la zarzaparrilla yanki, y,  por las hendiduras, los batiburrillos de mis grasas colgantes resoplaban, henchidos, el MESÍAS de Haendel. Era como si el endocrino me autorizara a celebrar desaforadamente el éxito de una tiránica dieta de cinco años, y el mundo, en definitiva, se hubiera convertido en una gran tortilla de patatas.

Pero heme aquí, un año después, confundidísimo, exiliado en amarga vacilación, deshojando la margarita que me aclare, me confirme, me dilucide, o disciérname si la decente proposición que el mentado superior me procuró suponía el presente más hermoso que me había sido concedido en toda mi vida desafortunada... o era un regalito más envenenado y letal que la ingesta fulminante de un solomillo al estragón con fondo de manzana reineta bañado con licor de serpiente cascabel. Sufro muy sudoroso de apocalípticas pesadillas en las que al dire, dignamente transmutado en Salomé, con la cara de Bette Davis en LA CARTA, le da, cual si fuera la madastra de Sir Laurence Olivier,  por declamar colérico los parlamentos del tío malo de Hamlet ante la bandeja en la que, cariacontecido,  permanece impávido mi pobre cabestro seccionado: “Todo para ti, ten, trágatelo todo, cómetelo por mí. Sí, para ti NAUFRAGOS, EL SUEÑO DE IBIZA y LA MARCHA VERDE, embúchate FUMATA BLANCA y NO SOMOS NADIE, devórate otra vez con NO DEBES ESTAR AHÍ, IMPULSOS y MAS DE MIL CÁMARAS VELAN POR SU SEGURIDAD, castígate tus deseos con DRIPPING, COSAS DE BRUJAS, PEOR IMPOSIBLE y 800 BALAS, y blinda tu esófago con ILEGAL, con NUDOS, con el documental sobre Sara Montiel, y con LA SPAGNOLA, que es australiana, pero te pertenece por nombre.”

Sí, ya sé que no todo el monte es orégano, ni todo el cine español EN CONSTRUCCIÓN, y, además,  soy muy consciente de que el nivel de bodrios y becerradas amancebados al sol y a la sombra de esta piel de toro estatal que brilla, que luce y da esplendor es muy inferior al de otras cinematografías, por ejemplo, mucho más imperialistas, y otras, como la italiana y la alemana, muchísimo más europeas. Pero es que de un tiempo a esta parte, bueno, mejor dicho, desde TORRENTE (el primero) concretamente, y, salvo tan honrosas como exiguas excepciones, hablar de comedia española es comulgar con una trole de descarados peseteros contaminantes y desvergonzados, que no tienen ningún tipo de escrúpulo campanilleando dentro de sus fenecidas conciencias por haber iniciado un nuevo ciclo histórico repugnante y nulo: un revival lodoso, tetudo y espeso del más nefando cine manufacturado allá por los años setenta, trufado de bragas y lencerías de tallaje superlativo, de abdómenes mondongueros y botifarrosos de machorros hispánicos y cabríos que lucían calzones largos para mejor ocultar la empinante desazón provocada por una permanente salidez prostática; cine de cuernos y mucha paja, cine cutreye-yé de pueblerinos y señoritas de muy buen ver, cine sexista, machista, taxista y papista que cumplía, en teoría, la desmelenatoria función de contribuir a exorcizar los fantasmas acumulados tras cuarenta años de castrante represión patentada por aquel francisco (sin mayúscula, please) alegre y olé, casado con doña Carmen, y padre de Carmencita. Aquel  post y parafranquista cine nadiuskero, cantudizado y barbarareynante en el que toda la ozorosa, landera y fernandoestesante camarilla de muleros carpetovetónicos, puterillos y atrasados acababan siempre, por exigencias del pendenciero guión,  sobando las pobres carnes turgentes de sus lencerosas parejas de turno; aquel inquisitorial y conservatorio filón que carecía cualquier planteamiento ligeramente corrosivo, que tenía la misma sutilidad de un erupto cervecero, y que atiborró de numerosísimos ejemplares el, sin duda, periodo más olvidable y asqueroso de toda la historia de nuestro patrio celuloide, ese mismo deleznable y retrógrado patrón fascista es el que ahora reivindican toda esta panda de impecables progres acicalados con etiquetas de no a la guerra, que revientan los Goya, que toman el parlamento, que reivindican la ética y la estética de un mundo futuro más libre y justo, y que, sin embargo, no tienen recato alguno en convertirse en títeres de tan fachonera, rancia y lucrativísima representación.

No hay más que ver las cifras que transitan por tan miserable como tupida y rellena caja registradora, para darnos cuenta de que el engranaje perfectamente diseñado para esta retrospectiva, obsoleta y basurera maquinaria sabe muy bien qué tipo de público anda buscando, y le planta ante sus morros el putrefacto bollicao que engulle, sin problemas y con muchas risas, su acribillada capacidad intelectual. Esto ya no tiene remedio. Amas de sus casas indecorosas e ignorantes que se han pasado ya muchos años desayunando las tostadas mugrientas, marujeras y grasosas que les sirve la Madre Teresa de todos los Campos, que se han merendado las pastitas estercoleras y vespertinas de la exgarciana morena Ana Cosa Quintana han parido los hijos apostólicos de la comunidad del Gran Hermano que comulgan fidedignos y entregados con la mierda y los gargajos consagrados que todas las noches defecan en sus bocas los intestinos pulcros del pulcro Sardá, y el culo lechoso y universal de Boris Izaguirre. Marcianos sucios y excretosos, matones de mucho taco chulero, missisiperos de testículo bien ceñido, constructores de hoteles fulandrangos de cinco estrellas asiliconadas,  y alcahuetas gacetillosas que andan muy calientes y tomboleras riéndose de la gente, pululan, colman, saturan todas las programaciones y todos los horarios televisivos con la aquiesciencia de programadores que han perdido el juicio, o lo han depositado en la cuenta corriente a donde van a parar los beneficios de los publicitarios anuncios para los que han buscado todo este barriobajero relleno. Todos ellos juntos y muy bien avenidos han degenerado un caldo de cultivo analfabeto que, para desgracia de todos los afortunados que crecimos jugueteando por las multicolores y divertidas callejuelas de BARRIO SÉSAMO (¿Hay algo para los niños por las tardes?) y de todos los amantes de la irionía, el doble juego, y el gag imprevisible, ya no puede saciarse con ninguna exquisitez que no esté narrada a ritmo de videoclip tripero, que no devenga en chiste de sal muy gorda o que no esté estructurado en secuencias, sino en burradas, a cada cual más gorda y lironda.

Avispados y brillantes personajes, tipos muy amiguetes de sus amiguetes, popes del buen rollo y la transgresión bien medida (y toda la caterva de nuevos jóvenes críticos que les han reído y bendecido sus gracias) no podían dejar pasar la ocasión de echar a perder tan fanática audiencia, y por, con, según, hacia, hasta, nunca contra, y para ella han montado toda una impresentable, neofascista y equilibrista galería de joseantoniano arte contemporáneo  de la que cuelgan mohosos y caducos lienzos como TORRENTE (I y II), AÑO MARIANO, AIR-BAG, MUERTOS DE RISA, ASESINO EN SERIO, OBRA MAESTRA y en la que, desde luego, y habiendo pujado una desorbitante cantidad de pasta en la gorrinera subasta, habrá que hacer un hueco de honor para este EL ORO DE MOSCÚ, que no sabe ni la ú, borriquito como tú, tururú, tururú.

Dejemos hablar al alma pater del presente joyón moscovita, y veamos qué nobles propósitos albergaba en los albores de su proyecto. Según su palabras, demasiado premonitoriamente, la bombillita primigenia se le iluminó toda, todita, toda, nada más y nada menos,  que en  un mal sueño: “... Se trataba de una pesadilla. Una noche cerrada de invierno y con ventisca me desperté sobresaltado y sudoroso, las persianas de la habitación azotadas por el viento producían un ruido estremecedor, muy parecido al del sueño del que acababa de salir. Me puse a escribirlo inmediatamente para que aquella experiencia no cayese en el olvido.” Claro está, y a la vista de los resultados, habremos de concluir que, de aquella nocturna desesperación al guión definitivo, la reelaboración reelaborada por Jesús Bonilla ha sido más bien escasa. Se le agradece esta confidencia, pues esa la única y verdadera sensación que se tiene cuando se acaba la proyección de este desatino, la de haber despertado de un disgusto, de una alucinación mala pata. El país de estas maravillas es el de una Alicia rociitera de brocha gorda, astracanosa y torpe. Orfeo, la noche de autos incautos, no le dejó a Jesús debajo de la almohada un manual de escrutura cinematográfica para principiantes con sueños en Super 8.

Continuemos: “Fui a la raíz del asunto, el porqué de esta situación de la que se habla constantemente en los medios de comunicación y en la misma industria. Simplemente me senté a observar las películas que se hacían en los años 60 y 70, y llegué a la conclusión de que eran filmes que funcionaban porque la clave era reunir a los mejores actores del momento, y además ninguna de las cintas se centraban únicamente en un protagonista. Eran películas corales”. De semejante declaración de intenciones podemos deducir dos cosas. La primera de ellas es que Bonilla cree primordial, para la elaboración de una buena comedia, poder contar con la presencia de magníficos actores. Nada que objetar. Sin un buen rostro que la encienda con la naturalidad, la verdad, la técnica y el don preciso, la chispa de todo buen gag  puede desaparecer, o ni siquiera surgir por muy bien planteada que esté en su escritura, o muy brillante sea el diálogo que la sustente. Y la verdad es que si uno hace caso a sus palabras, y luego repasa la lista de nombres que conforman el elenco, se puede concluir de su sola lectura que su emplazamiento a esta cita podría haber supuesto una estupenda ocasión para acometer con muchas garantías una suerte de antología multigeneracional  de cómicos adscritos a muy distintas etapas de la historia de nuestro cine. Por un lado, tenemos a alguno de los grandes maestros de éste oficio, a consagrados reyes imperecederos de la comedia española de los años cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta (José Luis López Vázquez, Concha Velasco, Alfredo Landa), al actor por antonomasia de la comedia madrileña de los años ochenta (Antonio Resines), a algún ilustre dignatario del universo almodovariano (María Barranco), a ya no tan jóvenes representantes del género desarrollado en los noventa (Gabino Diego, Jorge Sanz, el propio Bonilla), y a rostros protagonistas de las más exitosas comedias del último lustro (Neus Asensi y, como no, Santiago Segura). A todos ellos, y de manera nada gratuita (hay que pensar en la promoción en ese medio), se les une toda una ristra de conocidísimos rostros pertenecientes al mundo del humor televisivo que atiborra las distintas programaciones de la tonta caja: Alexis Valdes, Chiquito de la Calzada, Carlos Latre, Florentino Fernández, el Gran Wyoming y uno de los dos componentes del dúo Sacapuntas, a quien la película va dedicada “in memoriam”.

En la segunda conclusión que podemos deducir de las anteriores declaraciones del primerizo realizador, es donde hallamos la causa de la que parte todo el problema del trágico funcionamiento de EL ORO DE MOSCÚ.  No vale, no puede caminar con garbo y apostura una producción que base su andamiaje con la supuesta y falsa garantía de una coralidad convocada “per se”, sin el sustento de una trama, de una historia, de unos personajes perfectamente caracterizados. Esto es un Goliat con las patitas de un ciempiés,  una trajeenchaquetada azafata del Telecupón con los tacones de sus zapatos fabricados con crema catalana. Las grandes comedias a las que el director pretende homenajear relucían con el rostro chispeante y puro de los artistas que para ello lo prestaban, pero el motor que las hacía ponerse en marcha era un texto estructurado, bien urdido, y, a tal fin, muy bien meditado por el talento de guionistas fundamentales como Neville, Beltrán o Azcona. Por favor, no se puede mentar el nombre de Fernán Gómez, de Berlanga, de Forqué, etc, pensando que su prestigio se ha cimentado en la simple contratación de los servicios de muchos cómicos a la vez. Esto es como si yo compro un conejo, un pollo, judías verdes, garrofón, aceite, arroz, romero, agua y sal, y, con todo en crudo y en bata de boatiné, salgo en el programa de Arguiñano diciendo que tengo hecha la mejor paella del mundo. Mi adorado Karlos, seguro que con el despiece de mis porcinas y numerosas carnes, iba, habiendo confeccionado la dieta Peggy, a instaurar el mes Porky bajo el tocinero lema de: “Durante el mes de Mayo, del cerdo no dejamos ni la capa, ni el sayo”.

Jesús Bonilla cae en el error de apalabrar los servicios de una solventísima y eminente trole de profesionales, para que, sin más, hagan la gracia que se les supone saben hacer, campen a sus anchas sin faro que les oriente, y lo único que realmente consigue es el triste espectáculo del desparrame inútil aquí apandillado para el desperdicio irremediable, o para el timo más descarado. No hay, en la dirección,  atisbo del más mínimo esfuerzo  por aunar tan dispar procedencia interpretativa. Bonilla sólo lo ha puesto en hacerles llegar a cada uno de ellos su papelito. Duele mucho contemplar tanta celebridad despilfarrada. Y así tenemos a López Vazquez mandando que le toquen los genitales, a Pajares ordenando a una enfermera que se llama Fuensanta sacarse una teta y la disponga para desaforada y ridícula succión, a Alexis Valdes haciendo de chulo cubano de una cabaretera venida a menos (¿ un sosías de Dinio, quizás?), a Pasmado Diego haciendo de Gabino, a la pobre de María Barranco dejando que el Bonilla se la coma el Kremlim, a la Asensi ejerciendo de caderas de sí misma, a Alfredo Landa convirtiéndose en una mala caricatura del tópico facha que Agustín González ha bordado toda su vida, al propio Bonilla caricaturizado de Alfredo Landa cabreado, y a toda la caterva de astrillos catódicos anteriormente nominada poniendo la jeta unos segunditos para confirmar  su aparición en el trailer. Sólo dos son los rostros que se salvan de la quema en esta incendiada, cenicienta, desbaratante función. Contra todo pronóstico Santiago Segura deja de interpretarse a sí mismo, y saca adelante con sencillez a su apocado y apalizado personaje, y la gran Concha Velasco, que aparece radiante y luminosa como siempre, confiriendo categoría, dignidad e inteligencia a los pasos de la decadente estrella que interpreta.

De la solvencia como realizador, Bonilla da muestras de no dar ninguna. Hacía tiempo que no se veía en nuestras pantallas secuencias tan mal resueltas como la persecución por los alcantarillados del centro de Madrid (¡esos insertos de roedores acechando!), o como la que acontece en la discoteca donde ejerce de maestro de ceremonias el Gran Wyoming, por no mencionar las corredurías infames en la del desenlace final. Un solo plano de, por ejemplo,  ATRACO A LAS TRES, acomplejaría hasta el liliputismo a toda la millonada aquí reunida. El realizador se limita a abusar una y otra vez del mismo plano general, que le permite encuadrar sin más problema escenificatorio a la totalidad del gentío congregado. Todo destila  aroma a ozorada comatosa y decepcionante. Cualquiera de las inolvidables aventuras sabatinas de los payasos Gabi, Fofó, Miliki y Fofito, incluidos Fernando Chinarro y Margarita Calahorra, rodadas con cuatro chavos en los viejos estudios del Prado del Rey de Televisión Española exhibían un sentido del ritmo mucho menos atolondrado. El catálogo de chistes verdes, xenófobos (el cameo de Arévalo es de condena del conde de Montecristo) y fachas parece inspirado en un casette de oferta adquirido por un camionero de los que se cubren las espaldas con un póster-calendario playboy, en un repostaje gasolinero de un área de servicio. A cada plano que pasa, uno tiene la sensación de que a Jesús Bonilla lo ha asesorado Jose Luis Moreno, porque, en definitiva, su propuesta tiene el mismo nivel de exigencia y la misma factura estética que cualquiera de los torpedos carcas y momificados que recrea en cada uno de los fiestorros cutres, nocturnos y alevosos con que nos deleita.

En fin, esperemos, y lo digo de todo corazón, que Juanma Bajo Ulloa se deje de AIR-BAG, y vuelva a los territorios de ALAS DE MARIPOSA; que David Trueba olvide su OBRA MAESTRA, y retorne a los delicados mimbres que tan fresca y sensiblemente supo manejar en LA BUENA VIDA; que Alex de la Iglesia vuelva a la autoexigencia esgrimida  en LA COMUNIDAD, y se olvide de tiroteos en Almería; que Santiago Segura recupere la inspiración que le permitió crear personajes como el de Javier Cámara y el de Tony Leblanc en su primer TORRENTE, y prescinda de las gracias que solo ríe uno mismo. Ojalá que el éxito de la, como poco, original, fresca e inteligente EL OTRO LADO DE LA CAMA haga recapacitar a más de uno, porque, de lo contrario, creo que nos vemos abocados a echar mano de nuestra videoteca, para reírnos en castellano con los históricos e intemporales reclamos de las infalibles EL EXTRAÑO VIAJE, BIENVENIDO Mr. MARSHALL, EL COCHECITO y tantas, y tantas otras maravillas de nuestra cinematografía.

Celso Hoyo Arce

(*)Recomendada para todos aquellos y aquellas que piensan que el corte y el color de pelo del Parada es un manifiesto dadaísta, y que lo que programa es cine de vanguardia.