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27/06/2017

Gnade, de Matthias Glasner


Uno de los creadores fundamentales del denominado Nuevo Cine Alemán, Matthias Glasner, nos ha ofrecido la que, hasta la fecha, es su obra más decepcionante. GNADE es, en líneas generales, una obra muy ambiciosa en intenciones reflexivas y emocionales. Postulaciones de partida, que, durante los dos primeros tercios del film, logran ser expuestas con cierta convicción, pero que, debido a un final completamente inasumible, se van al garete de muy morrocotuda forma.

La película parte con un brusco cambio en la vida de una familia alemana. Debido al trabajo del padre, su esposa y su hijo se verán obligados a dejar su país de origen para ir a establecerse los tres a la remota Hammerfest, capital noruega sita en el punto más occidental del Océano Ártico: un inmenso confín helado, casi todos los días del año iluminado por la tenue luz del amanecer.

Pese a que podría pensarse que la película va a tratar el tema de la adaptación a ese núcleo geográfico diametralmente opuesto al habitual, GNADE, mediante un abrupto salto temporal con respecto a las imágenes contenidas en el prólogo, reniega de esta posibilidad situándose meses después a la llegada, allí, de Niels, Maria y Markus. Niels se halla en la plataforma petrolífera en que ha sido contratado, Maria trabaja en la sección de enfermos terminales del hospital de la ciudad, y Markus acude a escuela.

Muy pronto, sin embargo, acaecen tres apuntes narrativos que concretarán la atención del espectador: la amistad de Markus con un osado compañero de clase, una fogosa relación extramatrimonial de Niels con una compañera de trabajo y, sobre todo, un accidente de coche nocturno que tiene María.

Cansada, de vuelta del trabajo, nota que su coche ha golpeado con algo. Detiene la marcha. Se le apoderan los nervios. No ve nada por el retrovisor y sigue hasta casa. A la mañana siguiente, los periódicos locales corroborarán que una adolescente ha muerto atropellada y no hay señal ni testigo alguno del coche que cometió el fatal percance.

GNACE, a partir de ese momento, se postula como una indagación en ese frágil y punzante territorio de interior que es la culpa. El azar como detonante de esa flagelación en la conciencia. La obligación moral de callar lo ocurrido o confesar las culpas y apechugar con las consecuencias. Y también la capacidad de superar el silencio envenenado del error, de hacer borrón y cuenta inmoral, asumiendo que no hay asomo de voluntad en el funesto acto cometido.

En ese punto, sorprende la férrea convicción de María y de cómo argumenta el entrenamiento emocional de altura al que le lleva el día a día de su trabajo en el centro médico. El film bucea entre las dudas de una familia en la que todos deben pedir perdón por algo. Todos tienen secretos. Todos disimulan. Todos viven una vida al margen del conocimiento general.

Sin embargo, como ya ha quedado dicho al principio, las no pocas consecuciones acumuladas hasta ese momento, se hacen hielo picado, debido a una cierta paralización en el desarrollo de los contenidos, a una reiterativa exposición de las distintas posturas y, fundamentalmente, a unos veinte minutos finales misericordiosamente abyectos e inverosímiles. Con diferencia, las dos secuencias peores vistas en esta notable Berlinale son las dos larguísimas imposturas con la que se hunde, definitivamente, GNACE.

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